Imposible de olvidar aquella fecha, 13 de septiembre de 2006. Volamos desde Madrid hasta Guanzhou (capital de la provincia de Guandong), pasando por Helsinki. Los nervios eran tales que, después de varios días sin dormir, no pegué ojo en el avión (con somnífero incluido).
Llegamos a China por la mañana, temprano, en medio de un día gris y lluvioso. Atravesamos una ciudad enorme, industrial y en la buscábamos algo de esa China de la que tanto habíamos oído hablar… Nos dirigimos al hotel, un moderno edificio en las afueras de la ciudad, donde dejamos el equipaje. La guía fue clara, “no os entretengáis, vamos a buscar a las niñas”. Después de un montón de horas de avión y sin tiempo para una ducha, yo me cambié de ropa, me pinté los ojos (menudas ojeras tenía) y me coloqué un collar de bolas de colores que me había comprado para la ocasión. Una bolsa con una muda, agua y pañales y un montón de ilusión eran las únicas cargas que llevábamos en el camino hacia el registro.
Cuando estábamos en el autocar, la guía nos informó de que había un pequeño retraso y que iríamos primero a un centro comercial por si queríamos hacer alguna compra. Después, iríamos al registro a buscar a nuestras hijas.
En el autocar, donde íbamos 17 familias, se podía respirar la emoción. Se escuchaban conversaciones por todas partes y el tono de todas ellas estaba lleno de nervios, emoción y ganas de llorar y de reír a la vez.
Al llegar al registro, subimos hasta la primera planta y al abrir las puertas del ascensor… allí estaba mi Violeta. En el hall había un grupo de cuatro cuidadoras, cada una de ellas con una niña en brazos. Habían llegado las niñas de Qingyuang, pero aún faltaban las de la otra institución, que llegaban con retraso. Era alucinante ver a esas mujeres chinas sentadas en un enorme sillón con las niñas en brazos y un montón de parejas occidentales haciendo corro y mirando a esas bebotas buscando reconocer la carita de la foto de su asignación.
Yo reconocí a Violeta de inmediato. Si es que era tan bonita que era imposible de confundir… con un trajecito rosa y una carita de susto tremendo… y me salté el protocolo. Me acerqué a mi hija y me presenté. Recuerdo el tacto de su manita cuando la toqué y el gesto de su carita cuando me escuchó hablar: “Wo shi ni de mama” (yo soy tu mamá). Sé que no me entendió, pero no pude dejar pasar ese momento para presentarme como merecía la ocasión. Las cuidadoras se echaron a reír y se fueron otra sala para que no molestáramos más a las niñas.
Durante casi una hora estuvimos esperando a que llegaran las niñas del otro centro… íbamos de una sala a otra y nos asomábamos donde estaban las niñas, por si podíamos volver a verlas. Planeamos cómo nos grabaríamos unos a otros y nosotros nos dimos cuenta de que la cámara que habíamos comprado para ese momento parecía haberse roto.
Finalmente, nos llevaron a otra sala y nos anunciaron que ya nos iban a entregar a las niñas. Entró la directora del orfanato y llamó a los padres de la primera niña… y a los de la segunda… y a NOSOTROS!!! Qing Zu Meng, y entró Violeta en brazos de su cuidadora. La directora la cogió en brazos y se acercó a nosotros. Rafa fue más rápido que yo (por una vez en su vida) y la tomó entre sus brazos. “Déjame que coja a mi hija”, le dije, y ya no la solté! Me prometí a mí misma que no lloraría para no asustarla, y no lloré. Sólo la abracé, le dije cuánto la quería y la acuné. Ella me miró con su carita de no saber dónde estaba ni quiénes éramos nosotros y a los cinco minutos se durmió en mis brazos. ¡Qué maravilloso placer, tener a tu hija en brazos, dormidita, respirando despacito y sin ningún atisbo de inquietud!
A nuestro alrededor, más entregas, fotos, el saludo de la directora, un regalo del orfanato, compañeros de viaje llorando… y nosotros sin enterarnos de nada. Sólo estábamos los tres. Después de un viaje de años y miles de kilómetros, por fin, estábamos los tres… Era para siempre.